Con motivo de celebrar los veinte años de la publicación del
Catecismo de la Iglesia, el Papa Benedicto XVI nos ha convocado a celebrar el
Año de la Fe, que se iniciará el 11 de octubre de este año. Por tal motivo fui invitado el pasado jueves a un Coloquio sobre la FE. Mucho entusiasmo causó esta frase del Cardenal
Henry Newman: “Creemos porque amamos”.

Justamente el hilo conductor de ese coloquio fue el convencimiento de que un acto de Fe trasciende el ámbito del conocimiento y se sitúa en la esfera del amor. Tanto en nuestra vida diaria como en nuestra relación con Dios, creemos porque amamos: “We believe because we love” afirmaría Newman en uno de sus sermones en Oxford University.

Justamente el hilo conductor de ese coloquio fue el convencimiento de que un acto de Fe trasciende el ámbito del conocimiento y se sitúa en la esfera del amor. Tanto en nuestra vida diaria como en nuestra relación con Dios, creemos porque amamos: “We believe because we love” afirmaría Newman en uno de sus sermones en Oxford University.
Esta experiencia religiosa es muy humana pues no es algo ajeno a esa manera de conocer que podemos denominar fe
humana. Uno de los estudiosos de esta cuestión, el profesor César Izquierdo
afirma categóricamente que no existe grupo humano donde no se produzca este
modo de relacionarse, donde la confianza en el otro juega un rol importante.
Claro que esa confianza se da de diverso modo, según las
circunstancias y al grado de estima que tenemos a los demás. El Beato Henry
Newman establece diversos niveles: la persona que confía en la fidelidad de su
amigo, el detective que intenta resolver un crimen y que para ello da suma
importancia a la veracidad de los testigos, o el historiador del arte que
prueba la autenticidad de un cuadro... Todo ellos analizan indicios de pruebas
muy diferentes, pero al final terminan emitiendo un juicio de confianza (Grammatica
dell’Assenso).
Esa confianza nos ayuda a vivir mejor, pues la fe de cada día –tanto humana como
divina– es un bien para el hombre, dado que sin confianza una sociedad no puede
vivir, como nos recuerda el Cardenal en Religious
Faith Rational: “El mundo no puede funcionar sin confianza. Lo peor que
puede ocurrir en un país es que se extienda la falta de confianza entre unos y
otros. La desconfianza, la falta de fe, rompe los lazos de la sociedad humana
(…) Es por esta razón que el “estado de incredulidad” debamos considerarlo como
esencialmente contrario a la naturaleza humana” (I, 15)
John Henry Newman
nació el 21 de febrero de 1801 en Londres, de padre anglicano y madre
calvinista, la misma que lo inició desde muy niño en el estudio de las
Escrituras. Cuando tenía 15 años, estando en el Trinity College, tuvo una
vivencia que relató en estos términos: “confirmar mi desconfianza hacia la
realidad de los fenómenos materiales y descansar en el pensamiento en dos y
sólo dos seres absoluta y luminosamente autoevidentes: yo y mi Creador”. Desde aquel entonces Henry Newman profundizó en
el tema de la fe como relación interpersonal.
En esta experiencia personalísima –“My self and my Creator”–
ha fraguado su propia vida y sin ella difícilmente podría explicarse su noción
de asentimiento religioso en términos de “confianza y sumisión”.
En el YouCat se responde acertadamente a la
pregunta 21 que la “fe es saber y confiar”. Con las
siglas “YouCat” se conoce al Young-Catechism
o “Catecismo Juvenil de la Iglesia”, un manual de bolsillo editado en
Alemania el año 2010. Confiar significa arriesgar. Desde luego que el riesgo
que se asume no es precipitado sino que está motivado por la confianza. El YouCat
ilustra esta idea de este modo: “Cuando un paracaidista pregunta al empleado
del aeropuerto: «¿Está bien preparado el paracaídas?», y aquél le responde,
indiferente: «Creo que sí», no será suficiente para él: esto quiere saberlo
seguro. Pero si ha pedido a un amigo que le prepare el paracaídas, éste le
contestará a la misma pregunta: «Sí, lo he hecho personalmente. ¡Puedes confiar
en mí!». Y el paracaidista replicará: «Te creo». Esta fe es mucho más que
saber: es certeza. Y ésta es la Fe que hizo partir a Abraham a la tierra
prometida, está es la Fe que aún hoy mantiene en pie a los cristianos
perseguidos” (p. 25-26).
Tras todo lo dicho podemos concluir afirmando que la
fe es un acto de amor, antes que un acto de la razón: “Nada puede y
debe ser creído sino el Amor. Sólo el Amor es digno de fe” sentenció acertadamente
Hans Urs von Balthasar.
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