
Cuando escuchamos un ruido semejante a un golpe vidrioso y persistente y advertimos que corre el viento, debemos sospechar que alguna ventana de nuestra casa está abierta y, con el vaivén del viento, se está golpeando… Hasta aquí habremos puesto en ejercicio el sentido común, pero tenemos algo más que sentido común, somos seres racionales, con capacidad para razonar. Por eso a continuación debemos pensar que si se golpea la ventana se va a estropear y, peor aún, puede quebrarse el vidrio si no la localizamos y cerramos debidamente… Un signo de pereza mental es quedarse a mitad de este proceso. Parece algo tan insignificante y hasta quizá ridículo.
Alguien podría pensar que es absurdo hacer estas disquisiciones; pues, a quién no se le va a ocurrir cerrar esa ventana, al menos para que el ruido no moleste. Sin embargo, situaciones como ésta ocurren, y las cosas muchas veces se estropean por nuestro descuido. Lo que llama la atención es que no es por mala fe ni por una descarada flojera. Por eso, en no pocas ocasiones, los implicados nos justificamos diciendo: “¡ah, no se me ocurrió… yo pensaba… es que!” u otros términos parecidos.
Estamos ante una situación humana que puede ser conocida como “pereza mental”, un mal de nuestro tiempo, dominado por la imagen más que por el concepto. Luego de presentar este tema quiero referirme a sus consecuencias éticas y concluiré valorando su contrario, es decir, el correcto funcionamiento de lo que se conoce como “entendimiento práctico”.
La pereza mental es esa flojera que adormece nuestra capacidad de pensar, de preguntarnos el porqué de las cosas, de lo que conviene en cada momento, de lo correcto, de lo conveniente y debido. La pereza mental puede darse de dos modos, según las dos funciones que configuran nuestro entendimiento: el entendimiento especulativo y el entendimiento práctico. El primero es el sujeto de los principios del conocimiento, de la ciencia y del arte; mientras que el segundo se relaciona con nuestro obrar y nuestro comportamiento ético.
Con el entendimiento especulativo tiene que ver esa pereza para realizar actividades puramente intelectuales como estudiar o memorizar. A este respecto leí en una ocasión una entrevista a Alex Grijelmo (Burgos, 1956), Premio Nacional de Periodismo "Miguel Delibes". Hablando del papel de los periodistas hizo un duro comentario respecto a las incorrecciones del lenguaje. Traigo a colación una de sus frases a este respecto: "Nuestros defectos son bastantes. Uno, la soberbia; y otro, efectivamente, la pereza mental de no buscar una palabra, un titular mejor. Cuando el periodista ya ha adquirido cierta experiencia también le da pereza ir a los sitios a ver las cosas; se abusa del teléfono, de estar en la redacción, de ver poco a los protagonistas. Esa pereza mental y de movimiento es muy propia de nuestra profesión". Aquí emplea pereza mental en este sentido especulativo, aunque con notables repercusiones en la vida profesional.
Ahora propongo otro ejemplo, pero en positivo, y quiero que pensemos en la agilidad mental de los policías. Lamento remitirme a hechos que he vivido en películas policiales más que en la realidad, pero hay poca distancia entre estos ámbitos. Me refiero a razonamientos como éste: cuando un policía encuentra el cadáver de una persona de unos cuarenta años, con un disparo en la sien, tirado en la cama desangrándose… empieza a razonar: la víctima era diestro o zurdo; si zurdo, ¿cómo es que tiene el disparo en la sien derecha? y... ¿aquella colilla de cigarro?... ¿cómo está allí si nunca se le ha visto fumar?… y así, hasta que se llega a determinar cómo ocurrieron los hechos, y lo que parecía un suicidio en realidad se llega a saber que fue un vil asesinato. Esto tiene más que ver con la agilidad mental, con el intelecto especulativo.
Ahora volvamos a la pereza mental en referida al intelecto práctico, que tiene que ver con nuestra conducta diaria, con nuestro comportamiento ético y con el trato con los demás. Pereza para pensar por nosotros mismos. “Atrévete a pensar por ti mismo” decía Kant. Lo contrario es la pereza de quien espera que se le diga todo lo que tiene que hacer. O peor aún, pereza de quien no se percata de lo que debe hacer o dejar de hacer en cada momento.
Lo contrario a este defecto es la agilidad mental para determinar lo que es prudente, para valorar la verdad de las cosas, para diferenciar la opinión de la verdad. Esa virtud se ve oscurecida por el ambiente actual en que vivimos. Este ambiente donde reina el mundo de la imagen, donde todo se nos da pensado y termina por engendrar espíritus conformistas. Nos conformamos con los tópicos que intentan regir nuestro modo de pensar y de actuar. Este ambiente nos “robotiza” y termina dándonos gato por liebre. Un ambiente que, además de privarnos de pensar, anestesia la facultad que tenemos para analizar y valorar la conducta y la norma moral. A consecuencia de ello existen tantas que no se detienen a pensar porqué es correcto o no legalizar el aborto o los matrimonios entre homosexuales y otras situaciones antinaturales. Decía Hilary Putnam en una entrevista del 13 de mayo de 2004 para “Al Día”, semanal de Santiago: “Uno de los problemas de la sociedad es la manipulación de la opinión pública, y enseñar a pensar claramente es muy importante si queremos que la democracia perviva o tenga sentido”.
Ante este panorama, qué importante es tener cada día el propósito de detenernos a pensar, de agilizar nuestro entendimiento práctico para saber lo que conviene hacer en cada momento. Ésta es uno de las tareas de la Filosofía, la de “invitarnos a pensar por nosotros mismos”.
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