En muchas ocasiones me han formulado preguntas como éstas: ¿qué opina la Iglesia sobre el aborto?, ¿qué dice la Iglesia sobre la homosexualidad? ¿qué opinión tiene la Iglesia sobre los divorciados vueltos a casar? Mi respuesta cortante suele ser: ¡La Iglesia no tiene ninguna opinión sobre esos temas! En seguida les explico que debemos distinguir las opiniones de lo que realmente es la verdad.
La opinión es un juicio que se mueve en el ámbito de lo subjetivo y lo relativo, dependiendo del criterio de cada individuo. En este sentido, la doctrina de la Iglesia no pertenece al mundo de lo opinable. Ella se mueve en el terreno de dogmas y de todas aquellas verdades que rigen nuestra vida. La Doctrina de la Iglesia corresponde al reino de la verdad. La Iglesia tiene mucho cuidado en diferenciar la verdad certera de lo opinable: a lo primero todos debemos decir amén, en lo segundo caben diversos puntos de vista. No es mi intención hacer una apología del dogma, sino reflexionar sobre el reinado de la verdad frente al mundo de la opinión.
Hay cosas que son ciertas por su propia naturaleza y no dependen de nuestro punto de vista. La circulación sanguínea en nuestros no fue una opinión de Miguel Servet, es una realidad, aunque esto le costara la vida, pues los calvinistas consideraron un agravio que haya experimentado sobre algo sagrado como la sangre. Otro mártir de la verdad es Tomás Moro, Canciller de Enrique VIII, quien lo mandó decapitar por negarse a reconocer la legalidad de su divorcio. Una particular trascendencia tiene la actitud de Jesús de Nazaret frente al procurador romano Poncio Pilatos. Jesucristo prefirió una sentencia capital antes que doblegarse a la falsedad: “Para esto he nacido –dijo– y para esto he venido al mundo, para ser testigo de la verdad”. Ante lo cual Pilatos respondió con desprecio: “Y ¿qué es la verdad?”. Efectivamente, ¿qué es verdad en un mundo de adulación y mentira, relativista y ecléctico: el mundo de la pura opinión. Al contrario, Pilatos tenía al frente a Alguien dispuesto a dar su vida por la verdad, pues sólo ella “nos hará libres”. En cambio él, terminó siendo esclavo de la opinión de la plebe.
Con todo, no es mi intención restar importancia a la opinión, que de suyo es un estado intelectual propio del hombre ante las cosas contingentes. Es normal, por ejemplo, opinar sobre cuestiones políticas o la moda, si hacer las compras los sábados o en día de semana. Lo que deploro es aquella actitud de quienes renuncian a la verdad con tal de congraciarse con la mayoría. Deploro el relativismo de quienes someten todo a la mera opinión.
Según lo dicho cabría preguntarse: ¿hemos de tomar este ensayo como cierto u opinable? El lector tiene la respuesta, aunque creo haber dicho todo lo más objetivamente posible. Para finalizar, recurro a una frase de san Agustín, que cierra cualquier discusión de modo genial: “In veritate, unitas; in dubio, diversa; et in omnia, caritas”.
La opinión es un juicio que se mueve en el ámbito de lo subjetivo y lo relativo, dependiendo del criterio de cada individuo. En este sentido, la doctrina de la Iglesia no pertenece al mundo de lo opinable. Ella se mueve en el terreno de dogmas y de todas aquellas verdades que rigen nuestra vida. La Doctrina de la Iglesia corresponde al reino de la verdad. La Iglesia tiene mucho cuidado en diferenciar la verdad certera de lo opinable: a lo primero todos debemos decir amén, en lo segundo caben diversos puntos de vista. No es mi intención hacer una apología del dogma, sino reflexionar sobre el reinado de la verdad frente al mundo de la opinión.
Hay cosas que son ciertas por su propia naturaleza y no dependen de nuestro punto de vista. La circulación sanguínea en nuestros no fue una opinión de Miguel Servet, es una realidad, aunque esto le costara la vida, pues los calvinistas consideraron un agravio que haya experimentado sobre algo sagrado como la sangre. Otro mártir de la verdad es Tomás Moro, Canciller de Enrique VIII, quien lo mandó decapitar por negarse a reconocer la legalidad de su divorcio. Una particular trascendencia tiene la actitud de Jesús de Nazaret frente al procurador romano Poncio Pilatos. Jesucristo prefirió una sentencia capital antes que doblegarse a la falsedad: “Para esto he nacido –dijo– y para esto he venido al mundo, para ser testigo de la verdad”. Ante lo cual Pilatos respondió con desprecio: “Y ¿qué es la verdad?”. Efectivamente, ¿qué es verdad en un mundo de adulación y mentira, relativista y ecléctico: el mundo de la pura opinión. Al contrario, Pilatos tenía al frente a Alguien dispuesto a dar su vida por la verdad, pues sólo ella “nos hará libres”. En cambio él, terminó siendo esclavo de la opinión de la plebe.
Con todo, no es mi intención restar importancia a la opinión, que de suyo es un estado intelectual propio del hombre ante las cosas contingentes. Es normal, por ejemplo, opinar sobre cuestiones políticas o la moda, si hacer las compras los sábados o en día de semana. Lo que deploro es aquella actitud de quienes renuncian a la verdad con tal de congraciarse con la mayoría. Deploro el relativismo de quienes someten todo a la mera opinión.
Según lo dicho cabría preguntarse: ¿hemos de tomar este ensayo como cierto u opinable? El lector tiene la respuesta, aunque creo haber dicho todo lo más objetivamente posible. Para finalizar, recurro a una frase de san Agustín, que cierra cualquier discusión de modo genial: “In veritate, unitas; in dubio, diversa; et in omnia, caritas”.
Excelente análisis...es cierto ¿Quien no tenga pecados, que tire la primer piedra? y muchos como los fariseos, se retiran...pero siempre con las ganas de herir y promocionar comentarios, que realmente quedan sin fundamento...tratados..
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